
12 de septiembre de 2009, Niterói, RJ.
Dos jóvenes de 17 y 18 años, después de jugar fútbol
de arena en la playa de Icaraí paran para pedir informaciones sobre
una casa a venta en el barrio, ya que el padre de uno de ellos pretende comprar
un inmueble. El propietario no cree que dos pibes de bermudas y sin camisa
puedan ser compradores. Desconfía tratarse de un asalto, no abre las
puertas y telefonea para la policía comunicando sobre los sospechosos.
No podría imaginar que las "autoridades" fueran actuar con truculencia,
hasta por causa de la influencia de la propaganda apologista de las acciones
policíacas incrustada en los principales programas periodísticos,
que muestran los "agentes de la ley" llevando ciudadanía a la población.
Pero, los jóvenes cuentan que inmediatamente que se alejaron de la
casa fueron abordados por los policías. Aún identificándose
fueron esposados, colocados en el patrullero y llevados al alto de un morro
donde sufrieron torturas, golpes y amenazas con armas de fuego. Según
los jóvenes, los policías querían 10 mil reales para soltarlos,
llegando después a disminuir la extorsión. Pretendían
por lo menos un arma, como para no salir "empatados". Finalmente cuentan que
los policías no los mataron porque tenían ficha limpia. Los humillaron
un poco más y los soltaron.
Al día siguiente, cubiertos de excoriaciones, fueron acompañados
de los padres hasta el 12º Batallón de Policía Militar,
donde reconocieron por fotografías un soldado y un sargento. El batallón
no divulgó sus nombres y continúan trabajando. Pero, prometieron "investigar
el caso".
Ovejas negras o formación de cuadrilla
El relato de los jóvenes coincide con decenas de otros, en los cuales
la violencia policial con un fuerte encubrimiento de los superiores acaba en
versiones repetidas. Enfrentamientos, aciertos de cuentas entre traficantes,
autos de resistencia, suicidios, explican los cadáveres de las páginas
policiales. Extorsiones a delincuentes o sus familiares que no son investigadas.
Y cuando no tienen más salida, cuando las pruebas son irrefutables,
se entrega algún policía para satisfacer la sociedad. Pero que
acontecería si el pueblo no aceptara más eso, si exigiera una
profunda investigación, llegando a quien manda, a quién encubre
y quién es servido. En los barrios y Morros de las ciudades y en el
interior del país donde policías actúan a mando de terratenientes
contra los campesinos, como AND viene denunciando en cada
edición.
Podemos tener una buena noción volviendo siete años, en Argentina,
país que padece una estructura de poder bien similar a la nuestra:
26 de junio de 2002, Avellaneda, Bs. As.
Transcurre una manifestación pacífica contra la política
económica del gobierno con miles de participantes. Ellos piden aumento
del salario mínimo y de la ayuda a los desempleados, y pretenden cerrar
las vías de acceso a la Capital. Un grupo de policías descaracterizados
quiebra vitrinas de tiendas y damnifica automóviles. Se crea así el
motivo para que los uniformizados comiencen la represión. Los policías
comienzan a tirar contra la multitud y cuando un joven cae herido y un compañero
corre para ayudarlo, él también es baleado por la espalda. Los
dos son llevados al hospital, donde fallecen*. Desde la puerta del hospital
el comisario responsable por la operación da su colectiva de prensa:
– Son pibes muy jóvenes, no tienen documentos – dice el comisario
Alfredo Fanchiotti, fingiendo sentimientos.
– ¿En que circunstancias ellos murieron? – pregunta un periodista.
– Desconozco. Eran más de dos mil personas – responde el
comisario – La policía se mantuvo dentro del marco legal, nosotros
no nos extralimitamos. Los tratamos de hacer desistir, pero nadie lideraba
el grupo de ellos, no hubo diálogo posible, no pudimos dialogar...
Y en ese instante, delante de periodistas y cámaras de televisión,
alguien no aguantó el cinismo y consiguió acertar dos trompadas
en la cara del comisario. Los dos cayeron. Otros policías se tiraron
sobre el ciudadano enfurecido, pero él fue rápidamente rescatado
por el pueblo presente.
La noticia corre y la indignación moviliza las personas. En esa misma
noche miles toman las calles del centro de Buenos Aires concentrándose
en la Plaza de Mayo, exigiendo castigo a los culpables.
Al día siguiente, las fotografías en los periódicos desmienten
la versión oficial. El comisario Fanchiotti y sus hombres habían
sido flagrados en los asesinatos. Decenas de oficiales son dimitidos, varios
juzgados y el comisario condenado a prisión perpetua, en el caso que
quedó conocido como "La masacre de Avellaneda". Más aún,
corrió un sentimiento por el país de decir basta a los continuos
abusos de las autoridades. La respuesta del pueblo cambia, la revuelta aumenta,
comisarías son incendiadas. Tráfico de drogas, robo y desmonte
de vehículos, asociación con delincuentes, secuestros, extorsión
y asesinatos emergen como rutina de la práctica policial. Más
de seiscientos comisarios y oficiales de la policía son exonerados.
Y una cosa es clara, estos policías eran personas de confianza de alcaldes
y gobernadores. También es evidente que jueces los encubrían.
Pero el sistema encuentra la salida para su continuidad: la convocación
anticipada de elecciones. Ningún político es preso.
La policía es apenas la parte más evidente, pero ella es sólo
el brazo represivo del Estado. El policía, cuanto más corrupto
y truculento, es también el más fiel y sanguinario can de ataque,
listo para actuar, para reprimir, sea en la defensa de un latifundista, sea
en una manifestación contra vendidos que entregan la nación.
Por eso es promovido y protegido tanto directamente por el poder Ejecutivo
cuanto por el Judicial cuando acepta sin discutir ni pedir nuevas investigaciones
las alegaciones de "autos de resistencia" o de simples "abusos" para los casos
de tortura.
Del poder Legislativo salió el mejor análisis extensible a todo
el podrido viejo Estado.
Meses atrás un senador lanzó la idea de cerrar Senado. Sería
muy bueno quedarnos libres, así rapidito, de esta legislatura abarrotada
de figuras despreciables, pero nos habría privado del palco para las
palabras de uno de los más emblemáticos representantes.
16 de septiembre 2009, Brasília, DF.
– Aquí uno encubre el otro. No es posible esto aquí convertirse
en una mafia.
El senador Artur Virgilio acertó en el diagnóstico.
*Además de Maximiliano Kosteki y Darío Santillán,
los jóvenes asesinados, otros 33 manifestantes quedaron heridos con
balas de plomo. Según la versión oficial (apoyada por la mayoría
de la prensa los primeros días) la policía sólo usaba
balas de goma llevando a concluir que las víctimas eran fruto de una
pelea entre los piqueteros. El periódico Clarín, especie de
versión argentina del O Globo, siempre contrario a los movimientos
sociales y apoyador de la represión, refuerza la versión oficial,
pero sin percibir, publica en la tapa la foto de uno de los muertos aún
vivo y andando en las manos del comisario.
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