A Nova Democracia

inicio Edición en español n. 52, mayo de 2009 Editorial - Sucesión presidencial y delincuencia política
Editorial - Sucesión presidencial y delincuencia política PDF Imprimir E-mail
Traducción Enrique F. Chiappa   

¿Por qué la corrida electoral a dos años del pleito ya comenzó? La farsa del proceso electoral brasileño se ve desde lejos, pero los diferentes grupos de poder ya  riñen frenéticamente entre sí para  cotizarse a la sucesión de Luiz Inácio. Que los próximos gerentes son escogidos previamente no es secreto para nadie, pero la única explicación para tal antecedencia en las composiciones, chantajes, pugnas de bastidores y juegos de escena sólo puede ser encontrada en la profunda crisis política de un Estado burocrático en descomposición. Crisis cuya expresión, con respecto al juego sucesorio, es el más bajo enfrentamiento de mediocridades.

Las siglas electoreras ensayan pronunciamientos contradictorios, fanfarronean con la moral y la "ética en la política". Gente enlamada posa como si nunca hubiera entrado en el pantano. Los programas, naturalmente, no son discutidos, porque todos tienen la misma matriz servicial de los intereses del imperialismo y beneficiaria de la gran burguesía y latifundistas locales. Que no difieren en nada exceptuando pequeños caprichos. Sería sandez identificar tal o cual sigla como oposición o situación cuando lo que se revela es la fragmentación en grupos de poder que disputan cada vez más encarnizadamente su cuota en el Estado semicolonial brasileño. Véase el PMDB con sus peleas intestinas, la disputa en el PSDB sobre la candidatura de Serra o Aécio y la nulidad de un PT camaleónico. Ya las siglas de alquiler u oportunistas separadas, se quedan aguardando para ver quién sale más fortalecido para cambiar de hospedero. En suma, un enfermo sistema político que nada más es que un sistema de partido único y de parasitismo general.

Por su propia naturaleza, el Congreso Nacional no puede ser más que la desmoralización que asistimos. El cinismo y los indecentes privilegios escarnecen del sufrimiento, de la vida dura y difícil con que la inmensa mayoría de los brasileños y brasileñas enfrenta el día a día por la supervivencia. El podrecimiento de esta institución llegó hasta tal punto que un senador, sin que entendamos  porqué – tal vez por una centella de vergüenza – sugirió desde la tribuna que se hiciera una consulta al pueblo brasileño sobre la permanencia en funcionamiento del Congreso. El vocerío indignado y en unísono de todas las vertientes que conforman la corporación, es revelador de que significado, o insignificancia, tiene el pueblo para esa democracia burguesa de chapucería.

Como si desconociese todo eso, Luiz Inácio, ya saltó a la palestra para hacer su sucesor ya que la crisis no alcanzó un grado tal que le permitiera la tentación de imponerse por otros tantos mandatos. Como el Bolsa Limosna y el PAC enfriaron con la crisis que corroe mundialmente el capitalismo, él lanza otro proyecto demagógico y electorero: la promesa de construcción de 1 millón de casas, que a su vez le garantizará votos y financiación de campaña por parte de las constructoras que serán tiradas del agujero de la crisis. Ocurre una nueva largada para el acuchillamiento y competición entre ellas para ver quién dará la propina mayor para conseguir las obras. Luiz Inácio aún surfeando en la ola del prestigio internacional montado por el oportunismo y se sitúa como el más promisor de los lacayos en el gerenciamiento de las semicolonias.

Las luchas entre las fracciones de las clases dominantes y sus grupos de poder irrumpirán inevitablemente en nuevos escándalos de corrupción. La lucha en las más altas instancias del aparato estatal, de vez en cuando, esparce detritos y lanza a la superficie de la escena política pública la villanía que los brasileños ya suponen ser la realidad oculta de la política oficial. El método de la violencia pasa a ser cada vez más la manera de decidir las pugnas. Vemos una Policía Federal loteada y al servicio de cada uno de los grupos en pugna, restando hasta quienes, por apetitos también electoreros, se erige en defensora de la moral y de las buenas costumbres en la política. En medio de todo esto se instauran interrogatorios y CPIs para purificar los métodos de investigación, mientras grandes y notorios bandidos permanecen libres y otros tantos sorprendidos en fragrante delito, lanzan improperios contra la persecución a sus derechos humanos violados.

En la contienda, Gilmar Mendes, el presidente de la suprema corte brasileña, continúa a proferir sandeces sobre la manera del Estado portarse, como si él propio fuera la persona designada por Dios para el dirigir, usando cada decisión del supremo para emitir los más reaccionarios juicios sobre los movimientos populares, principalmente criminalizando el movimiento campesino y orientando personalmente reintegraciones de posesión en Pernambuco (ver materia en esta edición). Igualmente ha interferido en las escenificaciones de CPIs en el Congreso, principalmente la que objetiva librar la cara de Daniel Dantas. No es más que un viejo obispo en el decadente tablero de ajedrez semifeudal.

La desfachatez con que cada "poder independiente de la República" realiza injerencias en los otros es tamaña y ha causado tantos perjuicios a la "gobernabilidad", que obligó a iniciar conversaciones en los corredores del Planalto de un cierto "pacto republicano" con el objetivo de garantizar la ilusoria independencia y unión de los rufianes de la nación e intentando esconder el fondo asqueroso de sus contradicciones.

Pero todos ellos, de los más descarados fascistas a los más púdicos oportunistas, se unen cuando el asunto es reprimir el pueblo, lanzando sobre su cabeza una cruel combinación de programas represivos combinados de las tres esferas del Estado.

Rio de Janeiro, tradicionalmente utilizado como laboratorio de políticas genocidas, sirve de ejemplo. En la esfera federal, la Fuerza Nacional de Seguridad, auxiliar del Ministerio de la Justicia, permanece ocupando favelas; el "Programa nacional de seguridad pública con ciudadanía" (Pronasci), propone más presencia policial en los barrios pobres y la formación de delatores dentro de la comunidad. En el ámbito estadual, prosigue la política de criminalización de la pobreza bajo el mando de Sérgio Cabral Filho, con la policía incrementando el exterminio de trabajadores en los barrios pobres y ahora la construcción de muros para segregar y aprisionar poblaciones enteras, al estilo de los guetos nazis y sionistas. Y en la esfera municipal, la aplicación del fascista "choque de orden" de Eduardo Paes ha empujado una población ya miserable en el abismo de la indigencia completa, una vez que los agentes de la municipalidad y su gendarmería municipal se pusieron a perseguir todos los trabajadores informales, quienes están en situación de calle y otros sectores que viven luchando por la supervivencia en las peores condiciones.

Ya el campo de Brasil padece una gran onda de violencia estatal y latifundista. Las llamadas "reintegraciones de posesión" son cada vez más brutales. No existe más ni la necesidad de orden judicial, bastando que el latifundista disponga de un bando paramilitar, siempre bien apoyado por el aparato policial y judicial, para que garantice el desalojo de los campesinos, la cárcel privada, la tortura y muerte que el propio Estado ya ejecuta con particular eficiencia.

Se suceden las denuncias de trabajo esclavo, de apoderarse de tierras con documentación falsificada y otros crímenes practicados por los latifundistas, pero aún hay quién diga que en Brasil no existe el semifeudalismo. Es preciso que se diga que no sólo existe semifeudalismo cómo él es uno de los elementos céntrales del Estado, que desde una base material del capitalismo burocrático anacrónico proyecta en la superestructura de la sociedad, no solamente en las estructuras empodrecidas, corporativistas y corruptas de las instituciones estatales, como en la cultura y mentalidad imperante de los círculos de poder y oligarquías afines. Y como una revelación de la "Nueva República del PT y su frente popular electorera" emergen las caras monstruosas de los Sarney, Collor, Temer, Calheiros, etc., a la cabeza de las más "sagradas instituciones" de su "Estado Democrático de Derecho". Gente impoluta, que en la disputa por porciones de poder se adueñan de la presidencia de Senado, de la Cámara y de las comisiones que controlan los presupuestos del gobierno como la más espuria alianza sólo posible por la vil política.

Lo que no puede brotar de las entrañas de este viejo Estado es la solución para su propia crisis, agravada por la crisis general del capitalismo, que amplía las demandas imperialistas de rapiña sobre la nación y agudiza el embuste y servilismo de esa banda de sanguijuelas y vende patrias. Nada puede salvar al viejo y podrido Estado semifeudal y semicolonial brasileño, desde que el pueblo se una en torno de un programa revolucionario y haga realidad la necesidad histórica de la revolución democrática de nuevo tipo en Brasil.

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